Cuando un desarrollador o emprendedor de pronto se pasa al campo social, adquiere una perspectiva totalmente nueva. Hasta entonces se había dedicado al mundo de las ideas innovadoras y (sobre todo) a su modelo de negocio para intentar que dé cuantos más beneficios económicos mejor. Pero, de pronto, el emprendedor empieza a replantearse todo lo que estaba haciendo, ya sea atraído por la idea de contribuir con algo positivo al mundo y de montar un proyecto sin ánimo de lucro, porque ha tenido una idea que casualmente ha evolucionado hasta este modelo de emprendimiento, o porque se ha dejado seducir por la idea de ser un changemaker gracias a lo que le han contado compañeros del mundo de la empresa social, ONG o incubadoras de emprendedores sociales. ¿Qué ha aprendido el nuevo emprendedor social en esta transformación?

  1. Escuchar las necesidades. No se trata de tener una idea, querer venderla y estudiar a la gente que podría comprarla. No. Es bastante más complejo: se trata de determinas una necesidad social y hablar con las personas que tienen esa necesidad. El emprendedor social tiene que pensar que la intervención social, al igual que las políticas públicas y los programas de muchas organizaciones, requieren de un estudio integral que mida no sólo las necesidades sino las consecuencias de tu proyecto y cómo afectaría a las personas más allá de tu proyecto. Sabes que un error de definición de las necesidades puede hacer que tu proyecto sea estéril o incluso nocivo.
     
  2. No es malo que tu empresa social u ONG gane dinero. El concepto del emprendimiento social es llevar a cabo un proyecto que cubra una necesidad social sin tener que depender de los donativos o voluntarios. ¿Cómo? Desarrollando una idea que tenga posibilidades de ingresos económicos por sí misma, para que esos ingresos cubran todos los gastos de la organización y sea económicamente sostenible. Y si genera ingresos de más (breakeven), se reinvierten en el proyecto. A veces, incluso, hacer tu empresa social viable significa crear dos patas separadas dentro de un mismo proyecto. Por ejemplo: montar una tienda de comida preparada ecológica que dé ingresos para poder mantener un comedor social.
     
  3. Nunca se sabe quién puede ayudarte. Los proyectos sociales tocan temas muy variados y cada uno tiene un espectro de posibles colaboraciones muy particular. Has aprendido a ser creativo y a no cerrarte puertas. El socio que te puede ayudar puede ser un inversor en empresas sociales, un partner estratégico, un filántropo, un gobierno, otra ONG, instituciones y empresas que quieren colaborar en causas del tercer sector… Ya no tienes miedo a dejar volar tu mente para dar la solución a tu financiación. 
     
  4. Déjate de números y mide el impacto social. Aunque hasta entonces sólo habías hecho tablas y tablas de Excel para comprobar que tu proyecto tenía sentido financiero, ahora que te dedicas al emprendimiento social sabes que esa no es la única manera. Los números tienen que salir, pero es que, además, tu idea tiene que tener un impacto social positivo y que realmente sirva para cambiar la vida de las personas a mejor y cubrir necesidades. ¿Y cómo se demuestra eso? Pues recabando información de la vida de esas personas antes de la implantación de tu proyecto y después, escogiendo bien las variables en las que te vas a fijar y, si es necesario, apoyándote de herramientas y profesionales para conseguir medir ese impacto, que además será de vital importancia para los inversores que te apoyen.
     
  5. Hacerse entender no es fácil. La gente con la que te movías del mundo de la empresa y del emprendimiento probablemente no entenderán tu cambio. Has pasado a pensar primero en una necesidad y luego en la manera de hacer tu proyecto viable (y no al revés). Fruto del desconcierto de tus compañeros, pasarás a frecuentar (por necesidad) círculos de emprendedores sociales en los que intercambiar ideas y sentirte más apoyado. ¡No estás solo!